Te guste o no te guste

somos el nuevo

Rock & Roll

Escrito por Eduardo González | 02 SEPTIEMBRE 2020


Es sábado y Tomás despierta con dolor de cabeza a causa de la cantidad industrial de alcohol que consumió la noche anterior. La fiesta con sus compañeros de universidad, pese a las recomendaciones de algunos amigos del trabajo de no llevarla a cabo, transcurrió como suelen pasar esas reuniones. La cerveza y las botellas de alcohol fueron consumiéndose una por una mientras rememoraban tiempos pasados con la música que escuchaban en esa época. Repasaron y cantaron los éxitos de Caifanes, Soda Stereo y Café Tacuba (ahora Café Tacvba) sin olvidar a los "clásicos". Ninguno se molestó por escuchar una canción de más de diez minutos como The End o la grandilocuencia de November Rain. Volvieron a discutir, por enésima ocasión, por qué Yoko Ono era la enemiga pública número uno de millones de personas alrededor del mundo.

 

El camino para llegar al puesto de barbacoa fue lento y tortuoso. Lo peor, pensaba Tomás, era la música que iba escuchando mientras se internaba más y más en el tianguis que descubrió un día después de la primera visita que habían hecho los Stones a la ciudad. No podía entender que en todo el trayecto para llegar al puesto del "Ferras" no hubiera escuchado una sola guitarra eléctrica. Después de pedir cuatro tacos, un consomé y una cerveza, fijó su mirada en un grupo de adolescentes. Se burlaba, internamente, de las quinceañeras que escuchaban música ¿japonesa? ¿coreana? ¿china? en el puesto de DVD's clonados que estaba enfrente. Le sorprendía el fanatismo de esas adolescentes. Por un segundo pasaron por su cabeza las historias que había leído de cómo fue recibido el cuarteto de Liverpool la primera vez que visitó Estados Unidos y cómo la beatlemanía fue orquestada para que cuatro jóvenes formaran parte del imaginario colectivo de diversas generaciones. Ese pensamiento se esfumó cuando la Pacífico que semana tras semana solía pedir, llegó a su mesa.

Aún no termina de cerrarse la puerta del departamento de Tomás cuando el himno del América, que sirve como ringtone de su iPhone 11 Max, comienza a escucharse. Recuerda que ese fin de semana debe pasar tiempo con los hijos de su primer matrimonio, pero eso no impide que el "América, águilas" dure unos segundos más hasta que se hace uno con el silencio. La tranquilidad dura unos cuantos minutos hasta que los hielos del vaso retumban y escucha por enésima vez la frase "¿Que pasó? ¿Qué pasó? Probaste con otro culito, pero al final no te resultó". Su mirada se dirige hacia el techo y se pregunta cómo puede gustarle a su vecina esa basura. No entiende cómo una mujer puede escuchar ese tipo de música donde "las que cantan, ni siquiera cantan". Piensa en las voces de Dylan, Rotten o Cobain y cómo no eran el ejemplo de voces entrenadas para el canto, pero "al menos tenían un mensaje". Rememora las veces que vio en su infancia a su padre levantarse del sillón para mover la aguja y repetir "Like a Rolling Stone". Mira su reflejo en el horno de microondas y descubre una sonrisa cómplice al recordar cómo un compañero de la secundaria le explicó el motivo por el que su casa olía de esa manera cuando su padre escuchaba música.

La mirada de Tomás logra enfocar la pantalla que compró la semana pasada. Comprueba que han pasado un par de horas. Su celular registra tres llamadas perdidas. Sabe que tendrá que darle una explicación, otra más, a su ex-esposa para justificar que por tercer fin de semana consecutivo no ha podido ver a sus hijos, pero antes de encontrar un nuevo pretexto escucha esa palabra de nuevo. "Des...pa...cito...". Es inútil fingir que no se sabe la letra de la canción después de haberla escuchado cientos de veces. "Hoy ya no se hace buena música" es lo único que puede pensar. La nostalgia recorre su cuerpo. Escucha cómo sus labios sentencian el momento con una frase que ha llegado a pensar en tatuarse: El pasado era mejor.

La cocina empieza a llenarse con el olor a café. El reggaeton continúa bajando por las escaleras hasta llegar al cuerpo de Tomás. La desaprobación está sentada a su lado. Piensa en poner Bohemian Rhapsody, pero sabe que la vieja tornamesa que heredó de su padre no puede competir con la potencia de la bocina de su vecina. Por un segundo está decidido a subir las escaleras y exigir que bajen el volumen, pero recuerda que la primera vez que lo intentó fue un total fracaso que a nada estuvo de costarle una nariz rota. Decide en su lugar buscar en su iPhone algún video de Franco Escamilla o El Escorpión Dorado y ponerse sus audífonos, pero antes de intentarlo ve los cientos de notificaciones que tiene en Facebook. Repasa los memes, las publicaciones y las defensas épicas que hay en el grupo "El rock es cultura" para desacreditar los cuestionamientos que pocas horas antes apuntaron hacia "La Molocha". Un juicio imaginario se forma en su cabeza y repite de memoria la explicación del grupo cuando fueron cuestionados por su canción "Puto". Está convencido que no es una muestra de homofobia sino que se refiere a esas personas que son cobardes o miedosas. Premeditadamente decide hacer caso omiso del contexto en la que surgió (uno donde el machismo estaba normalizado). Un monólogo interno comienza a tomar forma donde piensa en toda esa "generación mazapán" que se ha vuelto frágil al extremo. Aún no logra entender que "los tiempos están cambiando" y que la única generación que se ofende por ser cuestionada es precisamente la que él representa.

El desencanto de Tomás con las nuevas generaciones crece exponencialmente. Piensa cómo hace unos meses el "Conejo Malo" recibió un reconocimiento como el mejor compositor del año. Enumera los proyectos que ha conocido a lo largo de su vida capaces de ocupar esa posición (todos englobados en lo que se conoce como rock). Decide no hacer énfasis en la información que señalaba los juicios por plagio que a lo largo de su carrera tuvo Led Zeppelin. "Un error lo comete cualquiera" es su salida favorita para no ahondar en el tema.

El vecino del departamento del piso de abajo fastidia la cena de Tomás, pedida obviamente por Uber, con música a todo volumen. Mastica y traga al ritmo de varios traps y raps que atraviesan el piso. Está a punto de dar su último bocado cuando unas palabras martillear su cabeza. Piensa que ha escuchado mal y presta mayor atención. No da crédito. No sabe que esa canción es una colaboración de dos jóvenes argentinos que se hicieron famosos por desenvolverse en el mundo de las batallas de rap. La frase no logra abandonar su cabeza: "Te guste o no te guste somos el nuevo rock and roll". Una nueva oportunidad para entender que el tiempo sigue su curso es desaprovechada. Conoce la historia del género que construyó Little Richard y Chuck Berry. Tal vez por ello Elvis nunca ha sido uno de sus artistas favoritos. Está al tanto de que el rock and roll, así como posteriormente los caminos que fueron bifurcándose para crear vastos subgéneros, ejemplificaban una ruptura con la música que le precedía y que esa ecuación se repitió durante varias décadas sin necesariamente mirar al exterior y centrándose en su propio universo. No recordaba el momento exacto en que dejó de ser así y perder la relevancia, aunque de algo estaba seguro: la culpa la tuvieron las generaciones que permitieron la aparición del rap y el reggaeton en el mainstream. Así de ciego y sordo era Tomás.

Eduardo González

Comunicólogo, DJ de bodas, MC de habitación. Aficionado a cualquier tipo de música. No tengo aversión al reggaeton aunque la edad me impide perrear hasta abajo. Adicto a la intertextualidad. ¡Hágalo usted mismo!

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