El rock mexican

frente a los gustos

musicales

Escrito por Carlos Urbano Gámiz | 06 MAR 2020


Hablar del rock en nuestro país es hablar de un árbol con un sin número de ramificaciones y con raíces grandes y profundas. Necesitamos varias horas y muchas manos para entender su historia, misma que se sigue escribiendo día con día.

Podríamos ahondar sobre sus orígenes y andanzas y hacer profecías y apuestas sobre su futuro inmediato pero, por ahora, me parece más adecuado retomar, a modo de introducción, algunos aspectos y nombres particulares que fueron dando forma a esta expresión musical.

Por un lado tenemos los inicios del “rock” en español en México donde destacaron figuras como César Costa, Angélica María, Alberto Vázquez, Los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, etc. quienes presentaban versiones en español de grandes éxitos anglosajones como “Popotitos”, “El rock de la cárcel”, “Dieciséis toneladas” “Chica mala”, “Presumida”, “La plaga”, “Buen rock esta noche”, etc.

Hablamos de los años cincuenta, sesenta, donde se generaba un sentido de pertenencia muy particular: si bien se sabía que eran versiones castellanizadas, o covers de canciones norteamericanas, se forjaba una idea de propiedad o pertenencia: “lo bailo con mi gente, y me vuelvo un rebelde”.

Por otro lado, tenemos la vertiente que se gestó durante la década de los setenta, principalmente con el festival de Avándaro, conocido como “El Woodstock mexicano” de 1971 y que significaba ese rock clandestino, “pesado” y prohibido abanderado por grupos como El Tri, originalmente llamado Three Souls in my Mind, Tequila, Peace and Love, y que posteriormente derivó en Caifanes, Botellita de Jerez, Rockdrigo González, Trolebús, La Cuca, La Castañeda, etc. Más cerca de los noventa -y dicho sea de paso, con los que muchos crecimos y forjamos carácter, o algo así- podemos enlistar a Café Tacvba, Fobia, Molotov, La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Santa Sabina...

Algo que podríamos identificar como hilo conductor en estas expresiones es la cantidad de influencias externas que van dando forma a cada una de las etapas, mismas que llegaron principalmente de Estados Unidos -al brindar la materia prima a los iniciadores del movimiento nacional; o bien ese empuje del rock británico que estuvo presente en los segundos que mencionamos o quizás la ola del “rock en tu idioma” de los ochenta proveniente, principalmente, de Argentina y España que tuvo una gran presencia en nuestra generación.

Otro factor que no quisiera pasar por alto -que es una pieza fundamental de este enorme rompecabezas y podríamos denominarla “la superior izquierda, que da forma al contorno del mismo”- es la influencia que significa Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo, “Tin Tán”, reconocido por muchos músicos contemporáneos como “uno de los padres del rock mexicano” por su capacidad y calidad de interpretación, misma que fue tomada como cimiento para algunos de sus grandes éxitos - y para muestra su famosa “Watatina”.

Ahora, y ya con incontables fusiones, mezclas y experimentos, tenemos un rock mexicano actual formado por Zoé, Resorte, Hello Seahorse, Dld, Kinky que tiene sus antecedentes en “la avanzada regia” liderada por Control Machete, El gran silencio, Plastilina Mosh, Zurdok, Genitallica, Cartel de Santa, y varios más.

Esta somera revisión la enfoco al punto de enaltecer la gran riqueza y diversidad que tiene nuestra música rock y que, con toda franqueza, es difícil competirle, y más, si hablamos de los géneros que actualmente predominan en el mercado y en el gusto mayoritario. A veces quisiera creer que es sólo un tema generacional. Tomando mi ejemplo -muy común y corriente para serles honestos-, mi abuelo le decía a mi padre que esa música satánica que escuchaba de Los Beatles, Los Rolling Stones, Pink Floyd, Iron Butterfly o Led Zepellin no lo llevaría a ningún lado, y hablaba sin calcular el gran aporte cultural que esos grupos traían consigo y que sería muy valorado años después... luego, mi padre diciéndome que esa música tecno - electrónica que yo escuchaba no me llevaría a ningún lado, y hablaba sin calcular el gran aporte que ello significó para la explosión del género a inicios de este siglo… ahora que mis rodillas ya duelen, quisiera pensar que el reggaeton, la banda o afines (k-pop, indie, etc.), traen consigo un gran aporte cultural...

Sin embargo, con toda humildad y sin querer herir susceptibilidades, no puedo encontrar un punto de comparación entre una composición que utiliza 149 palabras y de esas, más de una tercera parte, (es decir 54), inician con el fonema “ch” para contar un día en la vida de un capitalino cualquiera, tal como lo narra “Chilanga banda” de Jaime López, y el “Shaky, shaky, shaky… cómo ves, dame una vueltita otra vez”, un coro de 56 palabras, de las cuales, 42 son “shaky”, en la canción de Daddy Yankee...

¿Dentro de algunos años hablemos de J Balvin y Bad Bunny como si fueran John Lennon y Paul McCartney; de La Trakalosa como la “Glenn Miller & his Orchestra” del siglo XXI? ¿o quizás de Gerardo Ortíz como el mismísimo Frank Sinatra? Desgraciadamente no lo creo. 

Carlos Urbano Gámiz

Egresado de la carrera de comunicación social por la unidad Xochimilco de la UAM,      participante activo en el medio radial desde hace 20 años, melómano de tiempo completo, locutor y realizador del programa SAMPLER de esta misma frecuencia.

Actualmente, jefe del departamento de continuidad y enlace en UAM Radio 94.1 FM, e integrante de esta institución desde el año 2011 junto con el nacimiento de la estación.

 

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